Cazador cazado

Llegó con cara triste y se sentó ante una de las pocas mesas libres que quedaban en la terraza. Su rostro mostraba todavía el rastro de un llanto reciente, aunque parcialmente disimulado por unas enormes gafas de sol. Sacó un cigarrillo de la cajetilla con dificultades debido los temblores de sus manos.

[ ... pobre. Está atacada de los nervios. ¿qué le debe haber pasado? ... ]

Revolvía con ansia el bolso en busca del encendedor, como si encontrarlo fuera a dar luz a algo más que su pitillo, cuando llegó el camarero ofreciéndole todo cuanto necesitaba en ese momento. Pero ella solo aceptó la lumbre, y le pidió una copa de vino.

Unos minutos más tarde parecía más tranquila. Quizás por el efecto del alcohol, quizás por poder pensar sobre lo ocurrido. O simplemente por haber conseguido estar un rato sola. O por haber apagado el móvil después de estar sonando insistentemente. El hecho es que se la veía más relajada, y daba la impresión de que se lo merecía. Y lo estaba disfrutando.

[ ... parece que va encontrando su sitio. Tómatelo con calma. Coge de nuevo el camino y síguelo. No te despistes ... ]

Cuando pareció restablecida, llamó al camarero dispuesta a pagar ese par de copas terapéuticas.

- ¿Qué te debo?
- Nada. Ya está pagado.
- ¿Cómo?
- Sí. Ya pagaron tus tintos


Ella buscó con su mirada al misterioso mecenas de su tiempo de relax, lo que me obligó a apartar mi vista de ella para no parecer el protagonista de ese momento.

- ¿Y quien fue?
- No lo sé. Sólo me dijeron que no debía cobrarte.


Se fue medio molesta por haber sido descubierta en un momento tan íntimo, medio halagada al comprobar en su propia piel que existe todavía gente que se preocupa por alegrar a los demás en situaciones delicadas, incluso sin conocerla.

Aproveché que él todavía estaba cerca viendo como ella se alejaba para llamar su atención.

- ¡Perdona!
- Tres cincuenta -dijo cuando estuvo a mi lado, y aún siguiéndola con la mirada.
- Entonces, ¿a mí no me invitas?


Se volvió hacia mí con su cara iluminada de un rojo rubor totalmente delator, que empezó a apagarse al ver mi sonrisa cómplice. El cazador de momentos íntimos personales, cazado.