Elección

¡Clack!

Quedan cinco minutos para las cuatro de la tarde. Victoria lleva de pie, inmóvil, más de diez con la mirada al frente, perdida, mientras su cabeza repite aleatóriamente 2 únicas frases: "Voy a matarte. Voy a quererte hasta el final de mis días. Voy a quererte hasta el final de mis días. Voy a quererte hasta el final de mis días. Voy a matarte. Voy a matarte. Voy a ... ". El sol calienta como nunca en pleno desierto y el viento achicharrador hace que la sensación de calor aumente. Una gota de sudor frío nace de la nuca, se cuela bajo su camiseta roja y desciende toda la espalda siguiendo el recorrido de la columna hasta quedar absorbida por el cuero de su cinturón. Su brazo derecho está escondido tras su espalda portando en la mano una rosa roja para su amado. Y en la izquierda, un revólver debidamente cargado con 6 balas.

¡Clack!

"Voy a matarte". El corazón se le va encogiendo poco a poco. Se acerca el momento en que él aparezca por la otra punta del pueblo a toda velocidad sobre su caballo en busca de su amor. Lo sabe. No se ha sentido jamás tan querida como por Oleguer pero las circunstacias le obligan a tomar una decisión. "Voy a quererte hasta el final de mis días". No debería permitir que su amor continuara. No. De hecho, tendría que haberle puesto freno muchísimo antes y no se hubiera llegado a esta situación. "Voy a matarte". Pero él supo hacerlo. Encontró esa pequeña rendija que quedó sin cerrar en su corazón y encontró cobijo en él; y allí se hizo fuerte. Mucho. "Voy a quererte hasta el final de mis días".

¡Clack!

El minutero del reloj de la iglesia se desplaza para marcar que quedan tres minutos. Los brazos de Victoria están agarrotados por completo. Sus párpados se niegan a moverse y su garganta no encuentra saliva en su boca con la que humedecerse. Le da un miedo terrible tenerlo delante para hacérselo saber. "Voy a matarte". Porque lo ama desde lo más hondo de sus entrañas. Porque él ha sido capaz de ponerla del revés y de hacerle creer en algo largamente olvidado. Porque Oleguer ha llegado a ser el complemento que Victoria ha anhelado desde que tiene conocimiento de lo que es amar. "Voy a quererte hasta el final de mis días".

¡Clack!

Una gran polvareda tras un precioso corcel negro se intuye a un kilómetro escaso de la posición de Victoria. Su galopar es elegante, decidido y veloz; igual que la actuación de su jinete cuando se decidió a conquistar el corazón de Victoria. "Voy a quererte hasta el final de mis días". Una vez vio que ese huequito por el que había logrado adentrarse no se cerraba, puso todo el empeño en mantenerlo, e incluso consiguió que se abrieran las puertas de su alma de par en par. "Voy a quererte hasta el final de mis días". Y, no contento con eso, se dedicó día tras día a cuidarlo, mimarlo y quererlo, disfrutando de cada momento que le ofrecía. Por eso Oleguer, nada más bajar de su caballo, esbozó sólo media sonrisa: no acababa de entender qué hacía un revólver en la mano izquierda de Victoria. Su diestra. "Voy a quererte hasta el final de mis días, cabronazo. Y por eso voy a matarte".

¡Clack!

Se acerca a ella sin mediar palabra. Despacio. Con un movimiento sosegado se lleva la mano al sombrero para quitárselo y asegurarse de que nada se va a interponer en ningún momento entre sus ojos y los de Victoria. Ella lo mira fijamente, pero solo en apariencia porque su mirada, la de ella, lo atraviesa como si fuera la hoja de una katana del mismísimo Hattori Hanzo. "Voy a matarte". Sigue avanzando, y ahora sus manos se dirigen a su cinturón para desabrocharlo y dejarlo caer al suelo con sus pistolas, ya de por sí siempre descargadas, enfundadas en sus respectivas cartucheras. El puño derecho de Victoria apresaba cada vez con más fuerza el tallo de la rosa que portaba. Tanto, que las espinas terminaron por herir la palma de su mano. Oleguer ya estaba a escasos metros. Tan pocos, que era capaz de oír el goteo de la sangre de Victoria sobre la arena, y de percibir el temblor de su mano izquierda. Y para ello, lamentablemente, tuvo que apartar su mirada de los ojos de Victoria. Grave error. "Voy a matarte".

¡Clack!

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!


El cuerpo de Oleguer cayó desplomado al suelo. Sin un grito ni un gemido, como si el dolor causado por las balas no tuviera punto de comparación con el que sintió al ver la imagen de Victoria en pie, con la mirada perdida y el revólver en su mano. En el rostro de ella, una lágrima que rebosaba de su ojo izquierdo, provocada por la congoja de su corazón, comenzó a descender por la mejilla. Pero nunca llegó a sus labios, ya que el viento se hizo cómplice de su mente evitándole la sensación de saborear la muerte de Oleguer. Una mente que, por su parte, sí que pudo disfrutar mediante el olfato de Victoria de la satisfacción del trabajo realizado: el olor a pólvora quemada provinente del cañón de su revólver le hacía intuir lo que sus ojos le mostraban: que había abatido a su amado.

No tuvo que elegir porque la elección estaba hecha de antemano. Podría haber vaciado el cargador y rematarlo allí mismo, pero no era el objetivo. Desea más que nada en el mundo quererlo hasta el final de sus días, y su objetivo era lastimarlo de tal manera que consiguiera generar en él el odio suficiente como para que dejara de quererla, y hacerle así más soportable la distancia que, inevitablemente, va a acabar separándolos.

Ilusa

1 comentarios:

  Bruixeta

9 de gener de 2009, 0:31

Jajajajja.

ILUSA!!!!!