La estrella de María

Era un día frío de invierno, y aunque allá afuera debía hacer una temperatura cercana a -10ºC, ellas estaban amorradas a la ventana con las manos sobre el cristal deseando salir para ver el espectáculo.

- ¡Auch! ¡No me tires del pelo, que duele!
- Es que si te acercas tanto llenas de vaho el cristal y ya no veo bien las estrellas.


Seguían con la mirada perdida en aquel cielo oscuro punteado de estrellas. La noche estaba en calma, y la ausencia de nubes y la luna nueva cedían el protagonismo de la noche a todos y cada uno de los puntos de luz que las niñas admiraban desde el salón de casa.

- Son deseos por cumplir

Lorena y María no se dieron cuenta de la entrada del padre en la estancia. Lo hizo para asegurarse de que no faltaba leña en la chimenea y que ellas no pasaran frío, pero la estampa de las dos crías peleando por ser la primera en descubrir nuevos dibujos en el firmamento le atrapó. Así que se quedó de pie durante unos minutos disfrutando como espectador de excepción de ese juego, hasta que decidió entrar en él.

- ¿En serio, papá?
- Sí, en serio. Cada una de las estrellas es el deseo por cumplir de todas y cada una de las personas que hay en este mundo. Así, cada vez que una estrella se apaga, es un sueño cumplido. Y cuando una nueva aparece, es que alguien tiene una nueva meta. Un nuevo anhelo.


A medida que Joaquín iba desarrollando su gran teoría sobre la relación entre deseos y estrellas, a María y Lorena se les iluminaban más y más los ojos. Entendían por qué había agrupaciones de estrellas en constelaciones, ya que por lo visto eran deseos relacionados entre ellos. Los había más y menos luminosos, dependiendo de lo cercano que estuviera de hacerse realidad, o de lo hermoso que fuera. También estaban los iluminados en rojo que parpadeaban ... ay, no. Eso eran aviones. Y por último se encontraban las estrellas fugaces, que eran deseos que se estaban cumpliendo en ese preciso instante. Y que por eso se dice que si pides tú el tuyo en ese momento, seguro se te cumplirá.

Esa noche María soñó con una estrella en concreto. La que creyó que era su sueño, porque era la más brillante de todas. Y se imaginó montada en una gran medusa iniciando un paseo estelar acompañada de Lorena. Ambas llevaban consigo redes atrapaestrellas y de esa manera podían cazarlas y poseerlas durante un rato para poder ver su interior. Encontraron historias preciosas, y otras no tanto. Pero la gran mayoría eran deseos llenos de bondad y eso las hizo felices. De todas maneras, María no se iría de allí sin averiguar si aquella estrella en el horizonte era suya.

Se acercó despacio, con algo de temor y un poco deslumbrada. Su corazón se ensanchaba más y más, hasta que se encontró ante ella. Y no fue necesaria la red. María pudo ver el hermoso contenido de ese sueño, y averiguar que no era sólo suyo, sino compartido con alguien a quien no conocía. Y descubrió algo aún más especial: que aunque lo cumpliera, esa luz jamás se apagaría porque seguiría siendo guía de sueños.

María nunca recordó ese viaje con Lorena. Ni tampoco su hermana. Pero siempre mira a esa estrella preguntándose por qué brilla tanto, y por qué su corazón late tan fuerte al mirarla.