Dios todopoderoso

Sólo se oía la incesante lluvia caer. Desde que el sol se ocultó tras las montañas, las nubes se apoderaron del cielo y comenzaron a descargar su ira sobre el pueblo, que a estas horas de la madrugada estaba empapado. Él, desde su privilegiada atalaya, miraba al frente pasando por alto la espectacular vista del pueblo que los relámpagos a menudo le ofrecían. Los mismos relámpagos que, al pie de las escaleras de la iglesia, mostraban la imagen dantesca de él en lo más alto del campanario.

Esperaba a que fueran las tres de la mañana. En ese momento se cumpliría un año de la última vez que cerró los ojos y durmió profundamente. Entonces también jarreaba. El sueño había podido con sus hijos que descansaban plácidamente en el asiento de atrás del coche, bien abrigados. Su mujer también acabó derrotada por Morfeo y él parecía que iba a ser su próxima víctima. Pero no. No se lo iba a poner fácil.

Apenas quedaban dos kilómetros para llegar a casa. Decidió que batallaría hasta el final y así darse el descanso que se merecía. En su cama, abrazado a su amor. Aminoró la velocidad para adaptarla al piso resbaladizo, cosa que hacía que el trayecto restante se le hiciera más largo de lo habitual. Aunque la pesadez de sus párpados también contribuía a esa sensación.

En un tramo recto y llano se tomó un respiro. Cerró los ojos para reponer fuerzas y poder librar la última batalla contra el sueño algo más despierto. Sólo fue un instante para él; unos segundos para el resto del mundo. Unos segundos en los que llegó a una curva cerrada. Unos segundos que se detuvieron cuando un camión golpeó violentamente el lateral del copiloto del coche que acababa de cruzarse en su carril y que acabó aplastado contra el muro de una casa.

Quedan pocos minutos para que se cumpla un año de aquellas tres campanadas que le despertaron con la cabeza hundida en el barro. De escuchar los gritos desgarradores de su mujer atrapada en el interior del vehículo. De no dar crédito a su cara ensangrentada, golpeada y desencajada. De verla morir mientras alargaba los brazos hacia la parte trasera del coche, intentando rozar los cuerpos inertes de sus joyas más preciadas. Un año del comienzo de un dolor sordo. De una vigilia constante. De la vuelta permanente de una escena horrible cada vez que sus ojos le reclamaban el sueño.

Estuvo rezando en silencio toda la tarde, pidiéndole a Dios que fuera clemente con él porque ya no podía aguantar más sufrimiento. Debía ser justo y dejar que se reuniera con su familia. Por eso se escondió tras uno de los confesionarios y esperó allí hasta que sonaran las dos de la madrugada. Subió hasta lo más alto de la iglesia y esperó una hora más. Y con la tercera campanada, coincidiendo con el más luminoso de los relámpagos que le recordó aquellos faros que lo apartaron de la carretera, se lanzó al vacío para dar fin a su mortecina vida.

Al abrir los ojos, el blanco seguía allí. Esta vez era la luz fluorescente y el techo de la habitación del hospital comarcal. La reconoció enseguida, pues resultó ser la misma donde sus gemelos pasaron sus primeros días de vida. Maldijo estar atado a esa cama, aún no pudiendo ver ninguna atadura en sus muñecas o tobillos. Gritó desesperado pero el silencio no dejó de reinar en ese espacio. Sólo el párroco lo resquebrajó con sus palabras.

- Dios es misericordioso, Pablo. No te quitó la vida para que puedas confesarte y arrepentirte de tus pecados. Dios te dio una segunda oportunidad.
- Dios es un hijo de la gran puta – pensó Pablo.