Inspiranoia

El hombre que encontró en la escritura su agujero de escape escribía esta mañana la tercera, y supuestamente última, entrega de un relato erótico. A la mitad, el nivel de detalle había sobrepasado el que él esperaba y, a su pesar, asumió que sería necesaria una cuarta parte. En ese momento ya intuyó que ella se estaba acercando; la sospecha se ratificó cuando, en pleno relato, apareció un tatuaje en la espalda desnuda del protagonista que a su amante le hizo atar algunos cabos. El relato erótico se acabó transformando en una especie de idea de mini-novela negra. Y eso indicaba que ella había vuelto.

El hombre que escribía aparcó el ya no-relato erótico para modificarlo después. En la cabeza tenía un trío de personajes entramando una historia de soledades compartidas y diferentes. A su vez, hacía acto de presencia la triste agonía de una lavadora reina que paría zánganos reparadores para no engendrar una nueva reina que la sustituya. En el rincón opuesto despertaba un boxeador venido a menos y su tortuosa historia personal. Dios ... en esta ocasión no había forma de pararla. La musa, inspiración, duende, interconexión neuronal o lo que sea había llegado en tromba.

De camino al bar, el hombre que conduce para pensar oyó como reclamaba más protagonismo el despiadado carnicero asesino del microcuento que está a punto de presentar (su víctima le suplicaba que no le hiciera caso. Que con esos 500 caracteres ya había sufrido bastante). Un gnomo gritaba furioso en la distancia que le mataría si volvía a tocar la olla de monedas de oro que se encuentra al final del arcoiris y ella, la persona afortunada que ha ganado los 65 millones de euros del sorteo de los Euromillones, le pedía que explicara por qué seguía estando triste. Una silla abandonada en un solitario salón lloraba desconsolada preguntándose por qué la olvidaron los encargados de la mudanza, mientras en otra ciudad un lavavajillas se preguntaba por qué tenía que ser el primero en llegar al nuevo piso. Con lo que le gustaba hablar. "Espero que por lo menos respeten la antigüedad a la hora de escoger sitio en la cocina", pensó.

El hombre que rió y se olvidó por un momento del barullo que acosaba su cabeza, oyó como los dos náufragos solitarios de aquella isla solitaria remaban mar adentro para morir solos o encontrar compañía mientras Ella, sentada en un rincón de su cerebro, sonreía satisfecha ante ese despliegue imaginativo y por tener medio proyecto con él a punto de ver la luz. Y con tulipanes en la portada. El duende de la inspiración perdía fuelle, o sólo era la cerveza Judas que alejaba a las musas traicionando al hombre que necesitaba escribir.

Ese hombre, que necesitaba descansar, pensó mientras se duchaba que ni Guardiola ni sus jugadores fueron las siguientes víctimas de su duende. Antes de meterse en la cama sacudió el árbol de las ideas para que permanecieran las que aún no estaban maduras. Las que estaban listas las recogería a la mañana siguiente. O quizá a la tarde.

El hombre que soñaba demasiado se vio, de repente, huyendo. Corría aterrado junto a un oso panda por los solitarios pasillos de un psiquiátrico abandonado. Tras ellos, Bill empuñaba su katana y les daba el alto a gritos con los ojos inyectados en odio. Llegó a ellos. Propinó una patada al panda y éste atravesó el ventanal del final del pasillo. El hombre que pedía despertar no lo hacía, y oyó como Bill pronunció las palabras "Por la gloria de mi madrer!".

El hombre que inventaba locuras despertó asustado. La luz roja del techo le hizo pensar que el difunto David Carradine lo había dejado en el callejón de la morgue que queda junto al prostíbulo, hasta que se dio cuenta que era la proyección de la bombillita Stand-by de su tele nueva. Recordó los últimos fotogramas de la escena y fue donde vio el rápido y certero movimiento de su duende agarrando la hoja de la katana de Bill con ambas manos, y cómo hundía su trasero en la nariz del asesino para abatirlo. La siguiente imagen fue dantesca. El duende le dio la espalda al hombre que pensaba demasiado y señaló sus nalgas. El hombre que temía leer, lo hizo: "Bésame o Escribe".

El hombre desvelado agarró su PDA y comenzó: "El hombre que encontró en la escritura su agujero de escape ...". Ya reflexionará en otro momento por qué hay tanta soledad en su cabeza y la razón por la que huía del psiquiátrico. Lo del panda, lo tiene claro.