Cuestión de honor

"Como pille al hijoputa que decidió que mi cara podría definirse en estos momentos como un poema, le corto los huevos”

Álvaro, profesor de lengua del instituto, ni siquiera pudo hacer un conato de lo que sería el esbozo de una sonrisa sarcástica debido al dolor que le provocaba mover un solo músculo de la cara. Tenía el rostro completamente magullado. Los puntos de sutura no podían contener el permanente hilo de sangre que emanaba de su ceja derecha. Se veía en el espejo del ascensor con el ojo izquierdo entreabierto, ya que su compañero se declaró en huelga desde que la puntera de una bota militar impactó contra él. A pesar de los quejidos de sus ya vendadas costillas, intentaba adecentar un poco su aspecto metiéndose la camisa por dentro de los pantalones. Lo surrealista de la escena, esta vez sí, acabo provocándole una quejosa y leve risa. Intentaba pasar desapercibido delante de su mujer sacudiendo sus ropas para atravesar la puerta hecho un pincel. Un pincel con las cerdas empapadas en rojo y morado.

El sonido de la cerradura al girar alertó a Lucía de la llegada de su marido. Estaba de los nervios. Hacía seis horas que debió haber llegado a casa, y ella sin poder localizarle. Salió como una exhalación hacia el recibidor para darle la bienvenida con una calurosa bronca:


¡Ya era hora, Álvaro! ¿Dónde te metes? Llevo horas sufriendo y tu móvil … ¡Oh, Dios Santo! ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien? ¿Quien ha sido? ¿Otra vez la pandilla del instituto?

Sí. Estoy bien
–le costaría acostumbrarse a ese siseo provocado por la ausencia de los dos incisivos superiores–
. Vengo del hospital. Sólo son contusiones además de un par de costillas rotas. Con un poco de suerte podré ir el lunes a trabajar.

Pero … ¿Cómo? ¿Qué ha …? ¿Qué ha pasado?
–Lucía bajó el tono de voz advertida por Álvaro. Eran pasadas las once y media.
Nada, nada. Mala suerte. Caí por las escaleras del instituto.

¡Mírate! ¡Virgen Santísima!
–a cada roce del trapo en su cara, él debía tragarse las muecas de dolor. Sobretodo porque ya sabía lo que vendría a continuación–
Ya. Y tú te crees que soy boba. ¿Los denunciaste? Me dijiste que si te volvían a tocar un solo pelo irías directamente a comisaria.

Me caí por las escaleras, Lucía. Eso fue todo –intentaba mantener su eterna calma, pero los alaridos de la espalda y el martilleo incesante de su mujer amenazaban con derrumbar su resistencia.

¡Por el amor de Dios, Álvaro! ¡Tienes una marca de suela de zapato en el cuello! Otra vez en el instituto. Otra vez esos criajos de mierda. Me dijiste que irías a la policía y no lo has …

Las escaleras, Lucía. Me caí por …

¡Y un cuerno! Voy a por el teléfono …

Lucía …

Si es que has sido toda tu vida un pelele y un desgraciado. Antes era tu madre y ahora soy yo quien tiene que sacarte las castañas del...

Lucía, por favor...

¿Hola? ¿Policía? Verá … Quisiera denunciar una agresión...

¡¡Quieres soltar el puto teléfono, cojones!!


Dejó al agente al otro lado del auricular. Colgó. Sólo vio a su marido perder los nervios una vez. Fue cuando el padre de su hijo le dio un puñetazo al enterarse de que se estaba tirando a su mujer. Le dijo que después de acabar con él iría a por ella. Álvaro se abalanzó sobre él para darle una paliza que llevó a Julián al hospital. De eso hacía 10 años; cuando el pequeño Joaquín, que ahora dormía plácidamente en la habitación contigua a la del matrimonio, sólo contaba con 6.

Lucía abrazaba muy suavemente a su marido, que acabó rendido en el sofá. Intentaba tranquilizarlo a pesar de estar rabiando después de oír lo que su marido mascullaba entre dientes. Álvaro, balbuceante y con una mezcla de sangre y lágrimas en la boca, repetía incesantemente en un tono casi inaudible: “Tu hijo me la debía. Tu hijo me la debía. Tu hijo...”