U mayúscula


Mi tesis doctoral la basé en la letra W. Desde bien pequeño me extrañó muchísimo que formara parte de nuestro abecedario cuando ninguna de las palabras que contenían esa letra era originariamente española. Descarté mucha de la información que recopilé por no estar bien documentada o por tener fuentes que no consideraba entonces fiables. Una de esas informaciones relataba una queja formal de la letra U ante el Alto Comisionado de las Letras Españolas. Su comparecencia ante los jueces no tenía desperdicio.

Señorías. La Constitución en su artículo 14 es muy clara en un aspecto por todos bien conocido: “Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Bien. Yo, como última de las vocales del alfabeto español, me siento absolutamente discriminada. Palabras como claridad o sobresaliente me son vetadas para darme protagonismo en oscuridad o suspenso. Dan más confianza aquellos planes recapacitados que los urdidos, valoramos más a los valientes que a los asustadizos, se me niega formar parte de la vida pero comienzo la muerte que llevará al hombre a su tumba (o a una urna, depende del caso), no estoy en la paz pero sí en la guerra (aunque pase desapercibida, como cuando los amantes se dedican un “te quiero”). Toda esta situación me hunde. Me siento ultrajada y humillada. Para colmo, cada vocal posee su propia risa excepto yo. La A es hilarante, la E irónica, la I se muestra coqueta y maquinadora, la O satisfecha … ¿Y yo, señorías? ¿Me pueden decir quien se ríe espetando un ¡¡Jujujuju!!? Sé que formo parte de todo lo bueno, pero también de aquello que es paupérrimo, vulgar y putrefacto. Reclamo, por tanto, más protagonismo en vocablos positivos y alegres, y menos en aquellos lúgubres.


Por más que busqué no di con la sentencia del juicio con el que U pretendía reparar su honra, pero la leyenda donde encontré la declaración que expuse afirma que se tomó una decisión salomónica. Admitían los miembros de la comisión que se podía interpretar que hubo discriminación aunque realmente no existiera. La solución de cambiar el vocabulario no era viable ya que la lengua es un elemento vivo que no lo conforman únicamente las normas y los diccionarios, sino también el habla de las personas y ésto último es prácticamente inmutable a partir de una norma. Como compensación, pues, se decidió incorporar una nueva grafía al alfabeto que fonéticamente fuera una semiconsonante de pronunciación similar a la u. Uve doble fue el nombre que U eligió para esta letra, en homenaje a su gran amiga V con quien tan buena relación tuvo siempre.

Evidentemente es una historia inverosímil. Incluso es complicado imaginarse a una letra ante el estrado y declarando ante un juez y la comisión. Pero qué queréis que os diga. Yo la recuerdo con mucho cariño y aún hoy, casi 40 años después de entregar la tesis, tengo la diaria costumbre acercarme a un bar a media tarde y pedir un chupito de Doble-V en uno de esos vasitos en forma de U.