17/209 Nasío pa' aprendé

El olfato no me engañó esta mañana: amoniaco. Lo olí en la peluquería, mientras esperaba ser atendido. Y a pesar de ser un olor bastante desagradable, su peculiaridad me llevó a aquellos maravillosos 15-17 años. Iba a trabajar algunos sábados al taller de mi padre. Recuerdo salir sin desayunar, encender la copiadora de planos (con sus lámparas color violeta) y asegurarme de que había suficiente amoniaco en el bidón y papel fluorescente para realizar todas las copias.

Seguramente ahora esa máquina debe ser tan ilegal como absurda porque ya nadie debe dibujar sobre papel con lápiz. Pero a pesar de ese olor que tardaba en desaparecer de mi nariz, de los madrugones de sábado y de que no cobraba ni un duro, iba a currar con ganas. Y me desilusiona ver que hay gente que no se lo toma así, y que para ellos su lugar de trabajo es un sitio donde intercambiar horas de su tiempo por dinero.

Por eso, cuando oigo que una niña de poquitos años suelta un “Mami, ¿me llevas a trabajar contigo? Es que yo he nacido para aprender” se me caen unos lagrimones como puños.